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miércoles, 13 de enero de 2016

یک

Una gota de sangre cayó del cielo, manchando su piel.

Y la manchó de miedo.

Y de catástrofe.

Y de misericordia.

Miró allá donde los algodones lloran. Un ángel que no erguía sus alas, se desplomaba hacia las tierras teñidas de oro, muerto.

A él le pareció un gran pájaro.

El espeso rojo dibujó en la tez del muchacho, en un idioma siglos atrás olvidado, cuatro palabras, tomadas siempre como una guerra imposible de alcanzar la gloria.

Halló el cuerpo, sucio, cansado, derrotado. Y tan puro.

Era rubio, y los mechones se le rizaban, tristes y caídos, con ondas distorsionadas, que tiempo antes habían sido alegres y extrovertidas. Su musculatura se veía delgada, y, sin embargo, muy fuerte. El rostro quedó con expresión relajada.

Los carnosos labios rosados de aquella criatura no se merecían aquella odisea. Se merecían haber amado y besado durante mucho más tiempo; para la eternidad.

Cuando Abel vio esto, echó a correr. Y no paró, hasta que se mentalizó de que todo era un sueño.

No lo era.

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