Miro mi manos, enrojecidas e hinchadas.
Qué he hecho. No lo sé.
Pero me encanta. Libera toda la furia que corre por mis venas, rebosantes de un hecho errado por mi cordura.
Nunca seré éso. Ser éso traería problemas.
Estoy maldito. Maldito por lo que el Señor me hizo ser.
<<¿Por qué?>>, le pregunto. <<Te amo. He dado todo por ti. He tenido fe desde mi primer suspiro en esta Tierra. Y tú, me has hecho un monstruo>>.
Observo a Sara, apaleada, herida y aterrada. No se atreve a abrir los ojos.
Debería arrepentirme, besarle en todas sus heridas, decirle que la quiero, y luego, quitarme la vida por todas las atrocidades que le he hecho pasar.
Me es inalcanzable hacer éso, ya que mi corazón no se siente débil cuando ella está a mi lado. No la quiero. No puedo quererla.
Me alejo de allí, sin dirigirle la mirada.
Lo poco que me avergüenzo de ésto, me hunde más en el pozo de amargura y desdicha en el que quedé atascado hace meses.
Veo a un chico en la lejanía.
Es guapo.
Lo niego mentalmente.
Pensar esa realidad es un error.
Yo soy un error.
Arderé en el Infierno para la eternidad.
Mejor finalizar cuanto antes.
Entro en el baño, e introduzco un puñado de pastillas en mi boca.
Le aseguro a mi conciencia. Mejor tragarlas cuanto antes.
Bebo el agua con peor sabor que he probado. Aunque ya da igual.
Me miro en el espejo.
Mejor arder cuanto antes.
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